Cuando era niña, mucho tiempo lo pasé con mi abuelo materno. No sé si era su favorita porque lo seguía mucho, o me llevaba consigo por ser su favorita. Él me enseñó a leer la hora en un reloj de péndulo que estaba en su casa, me enseñó a jugar dominó, un poco más grande me enseñó electricidad básica de la casa y plomería. Le divertían mucho mis expresiones de sorpresa cuando me mostraba algo nuevo. Me enseñó el efecto sifón, aunque no sabía que tenía nombre hasta que estudié Ingeniería. Se había tapado la salida de agua de la lavadora de mi abuela y tenía qué vaciarla para poder arreglarla. Agarró una manguera y me dijo: “Observa, voy a hacer magia” y succionó el agua hasta que, casi al llegar a su boca, la movió y el agua salió casi por completo.

Recuerdo como si fuera ayer que quedé anonadada. Y lo recuerdo justo porque me sigue pareciendo algo “mágico” aunque me lo hayan explicado en física. Es decir, que todos los fluidos mantengan el mismo nivel, independientemente del tamaño del contenedor, es algo lógico, pero el efecto sifón… es decir, sin bomba, el agua sigue fluyendo mientras no se asome una burbuja de aire. Aún me causa admiración.

Recordé todo ésto, porque en el nuevo departamento no tenía casi nada. Dormía en un colchón inflable, hacía café en mi parrilla eléctrica (comprada el año anterior cuando estuve en Mérida), calentaba agua para bañarme en una teteta eléctrica (descubierta hacía poco en una empresa donde la mayoría tomaba café instantáneo), contaba con platos, vasos, taza y vasijas para una persona. Y comencé a hacer un listado de prioridades. Lo primero era el transporte, y lo resolví casi de inmediato. Lo segundo estaba entre refrigerador y lavadora. Por lógica, era más importante el refrigerador, ya que en ésta tierra caliente, basta que dejes una migaja de lo que sea, y las hormigas dan con ella. Así que mi dieta durante las primeras semanas, se basó en platillos que pudiera hacer rápido y que no generaran residuos para guardar. Al final, terminé convencida que la mejor opción era un congelador horizontal. Era económico, práctico y no tan voluminoso. Si en un futuro cercano me arrepentía de la decisión, el congelador en cuestión también funcionaba como refrigerador (a más de 6 meses de la compra, confirmo que era justo lo que necesitaba). Lo compré en plazos y debí resolver el tema de la ropa limpia.

Cuando el año anterior estuve en Mérida, me hospedé durante 3 meses en una casona que habían habilitado como hostal. Tenía habitación y baño independiente en la planta alta, y compartíamos cocina, comedor, sala, alberca y lavandería con los demás. Decir lavandería es algo exagerado, ya que a la salida de la cocina había una batea, que a diferencia de los lavaderos de mi rancho, ésta no tenía tallador.

Estaba a un lado de la pared y cerca de un árbol, pero no te daba sombra. Si agregamos el detalle que el agua de la zona es “dura”, es decir, contiene mucho salitre, entonces tenemos unas tuberías con muy poco flujo de agua. Por lo tanto, las primeras veces que intenté lavar, me llevó un par de horas, bastante bloqueador solar, y cansancio. Cuando descubrí que por 35 pesos me lavaban mi ropa de la semana, me rendí.

El último mes que estuve en Mérida, tuve de vecina a Toñita, una señora tabasqueña que había ido con su hijo a ayudarlo a instalarse porque estaría en la escuela. Casi de inmediato hicimos amistad y un día me dijo que se aburría, que si quería, ella me lavaba la ropa y además de tener algo qué hacer, ganaría dinero.

-Pero no lavo sábanas – Me aclaró. -Ya no estoy en edad de lavar sábanas a mano.

Nos pusimos a platicar acerca de que antes la gente lavaba en el río y que una lavadora automática es una bendición, pero que con tener a la mano el agua y un tendedero con piso firme, ya era ganancia.

-Mi madre lavaba sábanas ya de mayor. Ella usaba una botella. Era muy lista.

Recuerdo la frase, porque de inmediato me imaginé intentar lavar con una botella de vidrio de coca cola… y no me daba el entendimiento para saber cómo funcionaba. Supongo que después Toñita cambió de tema porque no me dio tiempo a preguntar y me quedé con la duda. A los 2 días siguientes, ella y su hijo tuvieron qué regresarse a su tierra (aún el Covid no era tema preocupante) y ya no tuvimos mucho contacto. Así que cuando regresé a mi tierra, traía pendiente averiguar cómo una botella servía de lavadora. Regresé justo cuando la pandemia había ingresado a México. Así que del aeropuerto a la casa y a no salir más. Tiempo, tenía, y bastante. En una de esas busco en youtube Botella+lavadora y me encuentro con una lavadora ecológica bastante sencilla de hacer. Bueno, 2 tipos, una con botella PLÁSTICA de Coca cola (de 2 litros) y la otra con un destapacaños

Me encantaron y me puse a hacerlas. Obviamente, cuando tienes una lavadora y secadora, pues el lavado a mano, por más sencillo que sea, es menos tentador que el automatizado, así que las lavaecológicas, estuvieron guardando polvo… hasta que me vine a Valladolid.

Comencé a lavar mi ropa en un mini patio del departamento, que era techado, así que no tenía que salir corriendo a descolgar la ropa en caso de lluvia, pero tampoco le daba sol, y como exprimía a mano, la ropa estaba bastante mojada al tenderse. Aunque la zona selvática es húmeda, el calor es intenso y, además de que la ropa es ligera en comparación con la ropa de invierno, ésta se secaba el mismo día; el tema era que no tenía una cubeta bastante grande para lavar y me tomaba mucho tiempo por hacerlo en tandas. Le pregunté a mi rentera si me podía decir dónde comprar una cubeta grande, y su esposo me trajo un contenedor excelente.

-El problema – me dice Vicky – es vaciarlo.

-No es problema

Me fui a la ferretería a buscar una manguera para usar el efecto sifón y me quedó una lavadora muy funcional 🙂

Muy práctica la lavadora, y además de ejercitar el brazo, te deja tiempo para pensar en cosas mientras lavas, ya que no puedo hacer 2 cosas a la vez (lavar+leer, lavar+ ver video, lavar +comer, no se me daba bien) y pensando pensando recordaba algo que hace tiempo bauticé como “El efecto palomita”, algo como el efecto sifón, que aunque no lo comprendes bien, funciona y te sirve.

El efecto palomita era ese marketing, que agarra un producto y aunque lo aumenta de precio de una forma considerable en relación al costo de producción, la gente lo acepta y lo paga. Y no sólo eso, hasta es indispensable. No sé si a todos, pero a mucha gente le parece que le faltó algo si va al cine y no compra palomitas.

El mismo marketing que hace que millones de mujeres gasten un dineral en bolsas de marca. El marketing que va convirtiendo poco a poco, la educación superior privada en algo inaccesible.

Aún estoy buscando el truco. Cada vez que lavo, echo a andar la cabeza para ver si puedo conseguir que mi software sea tocado por “El efecto palomita” y de ser así, estoy convencida que con el dinero que gane, me compraré un montón de cosas que me hacen falta, pagaré deudas muy viejas, invertiré en negocios nuevos… pero mi lavadora ecológica, esa no la cambiaré por nada.

YO

A mis 30 años me convertí en madre, sin haberlo planeado. Tuve que poner una pausa en mi vida para desenvolverme en ese rol. 21 años después, con un hijo a un mes de graduarse, que sabe hacerse de comer, lavar, (saber planchar, sabemos, aunque ninguno de los dos lo hacemos, igual lo de hacer la cama), al que le dejo herencia en vida una casa, los muebles y utensilios y la herramienta (Ojo, que también sabe usarla)...después de esa hermosa aventura, retomo el camino.

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