Conforme iba haciéndome adulta, mi cabeza llevaba registro que no todo lo que uno piensa que es lógico, es verdad. Por ejemplo, a mis 9 años, la maestra nos llevó al correo para enseñarnos a comprar estampillas y enviar una carta. La oficina de correos estaba a 4 cuadras de la escuela, así que fuimos a pie. Nos pidieron que hiciéramos una carta y como a esa edad no sabes direcciones, yo tomé la mía del recetario de un médico que en ese entonces me atendía y que vivía a 1000 kms de distancia. Resultó que al médico le hizo gracia la carta y me escribió una respuesta. Me encantó recibir correo y a partir de ahí, me salía de la escuela en la hora de descanso para enviar mis respuestas. Salí varias veces sin esconderme, mi lógica me decía que si la maestra nos había llevado, estaba bien, siempre y cuando no faltara a clases. Hasta que un día, Sor Beatriz me ve entrar a la escuela y me regaña. Yo aprendí que no debía salir de la escuela sola, ellas (las monjas) aprendieron a poner candado a las rejas.
Luego aprendo que la gente no dice lo que piensa, y más adelante, que la gente dice cosas contrarias a lo que piensa. A la fecha sigo sintiéndome tonta cuando descubro una frase – mentira. Nunca entendí la lógica de la mentira en las relaciones con los demás, así que me fui apartando un poco de los demás. Me dediqué a entender lo lógico, como la gravedad, los fluidos, las matemáticas. Lo que no era lógico, como la moda o los sentimientos, los hacía de lado. Y todo lo hacía observando o leyendo, jamás preguntando. Y así crecí, y así me hice adulta. Cuando a los 30 tengo a mi hijo, me empiezo a enterar de primera mano que ir al supermercado con un bebé y sola, es una experiencia muy intensa. Cuando acabas de hacer la compra y llevas el carrito lleno, ya pagado y te entran unas ganas terribles de ir al baño, tienes que darle la bendición al carrito porque lo dejas afuera de los sanitarios y haces malabares para ir al baño con un portabebé con bebé. Al final, todo se reduce a situaciones que te amplían la gama de la experiencia y que te remarcan que no puedes controlarlo todo (aunque se te vaya la vida en intentarlo).
Después de 51 años, piensas que ya tienes dominados los temas básicos. Ir al supermercado, vivir sola… y no.
El departamento que renté estaba en la parte noreste del pueblo. “Lejos” del centro. Después de haberme malacostumbrado a pedir todo en línea, ahora tocaba reaprender el hacer las cosas presenciales. En cuanto me acomodé en el departamento, me puse mis tenis y me fui a ubicar las tiendas, fruterías, carnicerías, depósitos (así se llaman en mi rancho los lugares donde venden cerveza) y los cajeros automáticos. Ya era noviembre y aún así, regresé bañada en sudor (y eso que llevaba sombrilla, que es artículo de primera necesidad por éstos lares). Geográficamente, a Valladolid le tocaría la hora GMT-5, pero supongo que por cuestiones prácticas, manejan la que tiene casi todo el resto del país (-6), haciendo que amanezca demasiado temprano y que para las 6pm ya estemos casi en penumbras. Si quería salir de compras antes del sol fuerte, todo estaba cerrado. Si quería esperarme a que bajase el sol, había zonas con poca luz.
Debido a la pandemia, no había transporte público, únicamente taxis. No lo pensé mucho, la solución era una bicicleta. No tenía dinero para comprarme un calentador de agua para bañarme, mucho menos para comprarme un coche. Ni siquiera pude pensar en una bicicleta nueva. Le pregunté al chico de la tienda si conocía a alguien que vendiera una y me ha dicho: Mi hermana, está acá a la vuelta.
Así me hice de mi transporte. Me sentía bastante lista, por saber que, para que fuese funcional, la bicicleta debía tener guardabarros y canasta. Me quedaba un poco chica (rodada 24) pero servía. Y ya con ella me lancé al supermercado más cercano que estaba a kilómetro y medio de distancia. Llevé mis bolsas ecológicas y me preparé para surtirme de todo lo que me hacía falta. No digo que llené el carrito, porque ya tenía en casa todo lo que había comprado para limpieza (cubetas, químicos, cepillos, etc) antes de ir a devolver el coche rentado, pero sí llevaba bastante para aprovechar la vuelta. Pagué, y llevé el carrito al área de estacionamiento de bicicletas… y justo ahí, me doy cuenta, que la canastita del frente poco me iba a servir. Siempre he envidiado la capacidad de ciertas personas para manejar una bicicleta sin manos, y ese día, más. Tuve qué regresar a pie, usando la bicicleta sólo para soportar las bolsas.
Al llegar, le pedí al esposo de mi rentera, que si podía conseguirme una caja para usarla de contenedor para la compra. Al ponerla, me entero que ya no puedo bajar de la bicicleta como antes, pues la caja me lo impide.

Los días siguientes re descubriría, que para ir al supermercado también era necesario mirar el pronóstico del tiempo, o te exponías a llegar con la compra empapada. Así que compré un mantel plástico para proteger lo que estaba en la caja.
Por último, también re descubres que tienes qué organizar las vueltas, pues dejar una bicicleta con mercancía, mientras entras a otra tienda, no es lo más inteligente que digamos.
Al final, caigo en las mismas cuentas que caí cuando tuve a Raúl: Vivimos en mundos diferentes sincronizados en el mismo espacio/tiempo. No puedes ponerte en los zapatos de nadie hasta que lo vives. Y mientras más vives, más te enteras de que no necesitas entender, sino tolerar y ayudar.