Hace casi 5 años, cuando iba a viajar al sur durante 10 días, quise dejar automatizado mi jardín, para no tener qué pedirle a mi vecina que regara las plantas. No porque mi vecina no fuera a hacerlo, ella es muy amable y siempre me hace favores. Pero también es de esas personas que les cuesta mantener las cosas en privado, y no tenía ganas de que la gente supiera que mi case estaría sola tanto tiempo. Así pues, con mucha anticipación, compré manguera, aspersores y un timer. Conecté todo y durante 2 semanas hice pruebas para ver que funcionaba. Me fui tranquila y al regresar, mis plantas estaban casi secas. Aún no me reponía del shock cuando llega mi vecina:
-Hola. Te estaba esperando. Hace días pasé y escuché ruido de agua, como que tenías una fuga. Te grité pero como no contestaste, te cerré la llave de paso. Antes de abrirla, yo creo que debes de llamar a un plomero.

Mentiría si dijera que, a mi edad, no me había dado cuenta de la importancia de la comunicación. Sé que es importante. Intento usarla. Pero hay ocasiones donde, no sé por qué, no lo consigo. Justo me pasó en el primer día. Tenía el boleto de avión desde Septiembre. A partir de que compro un boleto para viaje, comienzo a soñar que me deja el vuelo, que no me deja pero que no sale o cosas por el estilo. Así que fue mes y medio de sueños intensos. 15 días antes de la fecha le llamo a una persona que renta coches en Mérida, incluso que me rentó el coche en enero del 2020. Lo recordaba muy bien, porque en aquel entonces le decía yo que no tenía estacionamiento donde me hospedaba y que me daba nervio dejarlo en la calle, así que se ofreció a llevarme el coche a las 6 am si era necesario, ahí donde yo estaba.
Hablamos y acordamos que le rentaría un coche por 3 días. Que me lo llevaban al aeropuerto y yo lo devolvería en sus oficinas. Todo bien. Incluso le llamé un día antes para corroborar. Todo bien.
Al llegar al aeropuerto, me topo con que habían cambiado las políticas de los equipajes y el equipaje que yo había registrado de mano, ya no se consideraba tal, y me cobraron el equivalente de lo que costó el vuelo, sólo por documentar la maleta. Me pasó por la cabeza darle la maleta a mi hijo y decirle: Toma, me la envías por paqueteria, pero en eso una mujer grita: “¿Ya no hay más equipaje para Mérida?”… el tipo me ve como diciendo… No hay tiempo. Suspiré y dale, a pagar.
Cuando intento pagar, me dice el chico: “Algo le pasa a su tarjeta que no acepta”. Y la mujer:”¿Ya no hay más equipaje para Mérida? Y Yo… dale, ten la de débito.
Se acreditó el pago y me dice: “Ahora corra porque estamos justos de tiempo”. Me hago una despedida ridícula con mi hijo, dos abrazos en la fila donde te revisan el pase de abordar y un “GRACIAS. TE QUIERO”. Ninguno de los dos somos cálidos, pero creo que si hubiésemos tenido más tiempo, un nudo en la garganta al menos sí se nos hacía.
Pues nada, a correr. Llevaba yo en el brazo un monitor de 23″ que es un poco pesado, pero como según yo tendría la maleta con ruedas para llevarlo…. en fin. Paso por donde revisan las cosas y corrí a la sala 7… que que estaba más lejos. Al llegar, hay un letrero:

Pues nada, a esperar. Como había enviado el aviso de mi mudanza a mucha gente, tenía un sinfín de mensajes por leer y contestar. Pero antes le mandé mensaje al de los coches: “Vuelo retrasado, avise al personal para que no me estén esperando antes de tiempo”. El señor me contesta: “Le voy a llamar”.
Me habla y me dice que como ya tiene separado igual la gente estará ahí, desde antes de las 19. Yo no le veo el caso, pero bueno, es su gente.
El vuelo finalmente despega a la 18:00. En ese momento le mando mensaje: Ya en camino.
Llego a Mérida y, nunca he entendido por qué, mis maletas siempre llegan al final. Busco un carrito o un maletero que me ayude y no…. nadie. Ni siquiera una persona que revise que me estoy llevando MIS maletas, no la de los demás…. Camino hacia la salida, tan rápido como puedes caminar con una maleta de 25 Kg de 2 ruedas, otra de 15 de 4 ruedas y un monitor frágil bajo el brazo. A lo lejos veo a una persona con un cartelito… de lejos le sonrío y por dentro me pregunto… pero..¿ Por qué no me ayuda?.
Cuando estoy lo suficientemente cerca, me entero que el cartelito dice: “Personal de Aerolinea”. Entonces me detengo y busco con la mirada al personal que debería estar esperando a MI PERSONA. Nada.
Le llamo al señor de los coches. No contesta. Le mando mensaje. No contesta. Le vuelvo a llamar y al décimo repique contesta
-Diga
-Hola. Soy Teresa. Ya llegué, pero no veo a su personal
-Es que son las 20 con diez
-Sí
-Mi personal trabaja de 8 a 8

Estaba varada a 160 kms de mi destino, sin hotel, sin coche, con mucho equipaje, una cita al norte de la ciudad para recoger otra caja con mis pertenencias que había dejado desde Marzo y con una incredulidad enorme. no sabía si gritarle, rogarle, llorarle. Y recordé la época cuando trabajé en tabasco, donde el choque entre la gente del norte y la gente del sur se tiene, sin excepciones.
Suspiré, le colgué y me fui a los coches de renta del aeropuerto, que por no haber reservado con anticipación ni en línea, me iba a salir el doble del precio. Pero al menos ellos sí trabajaban 24 horas.
Después de negociar el precio y de decir N veces… no, el seguro completo no lo quiero, sólo el básico, me entregan el papel y me dicen: “Ya la llevan a la oficina y ahí paga y le entregan el coche”
Ya en la oficina, lleno el cuestionario (menos mal que ya les había rentado 7 años antes, que si no, me tardaba el doble) y al pagar: “Algo le pasa a su tarjeta que no acepta”.
Y hasta aquí, como Sherezada… el descenlace lo dejo para mañana.

¡Qué alegría enorme Tere! Qué lindo leerte.
Alegría.. el que estés acá leyendo. Finalmente he vuelto 🙂